miércoles, 1 de abril de 2009

Nosotros somos una parte de la Tierra, mensaje del Gran Jefe Seattle.

El hombre blanco, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica Franklin Pierce,
quiere comprar las tierras de la tribu Dewamish, el jefe de la tribu, Seattle, le contesta mediante esta archiconocida carta que vale la pena leer:




El gran Jefe de Washington
nos envió un mensaje diciendo
que deseaba comprar
nuestra Tierra.

El Gran Jefe también nos envió
palabras de amistad y
de buena voluntad.
Es una señal amistosa por su parte,
pues sabemos que no necesita
nuestra amistad.

Pero vamos a considerar
su oferta, porque sabemos
que si no se la vendemos,
quizá el hombre blanco
venga con sus armas
y se apodere de nuestra Tierra.
¿Quién puede comprar o vender
el Cielo o el calor de la Tierra?

No podemos imaginar esto
si nosotros no somos dueños
del frescor del aire,
ni del brillo del agua.
¿Cómo él podría comprárnosla?
Trataremos de tomar
una decisión.

Según lo que el Gran Jefe Seattle diga,
el Gran Jefe en Washington
puede dejarlo, del mismo modo
que nuestro hermano blanco
en el transcurso de las estaciones
puede dejarlo.

Mis palabras son como las estrellas,
nunca se extinguen.
Cada parte de esta tierra
es sagrada para mi pueblo,
cada brillante aguja de un abeto,
cada playa de arena,
cada niebla en el oscuro bosque,
cada claro del bosque,
cada insecto que zumba es sagrado,
para el pensar y el sentir
de mi pueblo.
La savia que sube por los árboles,
trae el recuerdo del Piel Roja.

Los muertos de los blancos
olvidan la Tierra en que nacieron,
cuando desaparecen
para vagar por las estrellas.
Nuestros muertos nunca olvidan
esta maravillosa Tierra,
pues es la madre del Piel Roja.

Nosotros somos una parte de la Tierra,
y ella es una parte de nosotros.
Las olorosas flores son nuestras
hermanas, el ciervo,
el caballo, la gran águila,
son nuestros hermanos. Las rocosas
alturas, las suaves praderas,
el cuerpo ardoroso del podro
y del hombre, todos pertenecen
a la misma familia.

Por eso cuando el Gran Jefe
de Washington, nos envió el recado
de que quería comprar
nuestra Tierra,
exigía demasiado de nosotros.

El Gran Jefe nos comunicaba
que quería darnos un lugar,
donde pudiéramos vivir cómodamente.
Él sería nuestro padre,
y nosotros seríamos sus hijos.
Pero, ¿será posible esto alguna vez?
Dios ama a vuestro pueblo,
y ha abandonado a sus hijos rojos.

Él ha enviado máquinas
para ayudar al hombre blanco
en su trabajo, y construye para él
grandes pueblos. Él hace
que vuestra gente cada vez
sea más poderosa, día tras día.
Pronto invadiréis la Tierra,
como ríos que se desbordan
desde las gargantas montañosas,
por una inesperada lluvia.

Mi pueblo es como una corriente
desbordada, pero sin retorno.
No, nosotros somos de razas diferentes.
Nuestros hijos no juegan juntos,
y nuestros ancianos no cuentan
las mismas historias.
Dios os es favorable,
y nosotros estamos como huérfanos.

Meditaremos sobre vuestra oferta
de comprarnos la Tierra.
No será fácil, porque esta Tierra
es sagrada para nosotros.

Nos sentimos alegres
en este bosque. No sé por qué,
pero nuestra forma de vivir
es diferente de la vuestra.

El agua cristalina,
que brilla en arroyos y ríos,
no es sólo agua,
sino la sangre de nuestros
antepasados. Si os vendemos
nuestra Tierra,
habéis de saber que es sagrada,
y que vuestros hijos aprendan
que es sagrada, y que todos
los pasajeros reflejos
en las claras aguas son los
acontecimientos y tradiciones
que refiere mi pueblo.

El murmullo del agua
es la voz de mis antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos,
ellos apagan nuestra sed.
Los ríos llevan nuestras canoas
y alimentan a nuestros hijos.

Si vendiésemos nuestra tierra
tenéis que acordaros,
y enseñar a vuestros hijos que
los ríos son nuestros hermanos
-y los vuestros-, y que tendréis
desde ahora que dar
vuestros bienes a los ríos,
así como a otros de vuestros hermanos.

El Piel Roja siembre se ha apartado
del exigente hombre blanco,
igual que la niebla matinal
en los montes cede ante el sol naciente.
Pero las cenizas de nuestros antepasados,
sus tumbas, son tierra santa,
y por eso estas colinas, estos árboles,
esta parte de la Tierra, nos es sagrada.

Sabemos que el hombre blanco
no comprende nuestra manera de pensar.
Para él una parte de la Tierra
es igual a otra, pues él
es un extraño que llega de noche
y se apodera en la Tierra
de lo que necesita.

La Tierra no es su hermana,
sino su enemiga,
y cuando la ha conquistado,
cabalga de nuevo.

Abandona la tumba de sus antepasados
y no le importa.
Él roba la Tierra de sus hijos,
y no le importa nada.
Él olvida las tumbas de sus padres,
y los derechos de nacimiento
de sus hijos. Trata a su madre,
la Tierra, y a su hermano, el Cielo,
como cosas que se pueden comprar
y arrebatar, y que se pueden vender,
como ovejas o perlas brillantes.

Hambriento, se tragará la tierra,
y no dejará nada,
sólo un desierto.

No sé, pero nuestra forma de ser,
es diferente de la vuestra.

La vista de vuestras ciudades
hace daño a los ojos del Piel Roja.
Quizá porque el Piel Roja es un salvaje
y no lo comprende.
No hay silencio alguno
en las ciudades de los blancos,
no hay ningún lugar
donde se pueda oír crecer
las hojas en primavera
y el zumbido de los insectos.

Pero quizá es porque
yo sólo soy un salvaje,
y no entiendo nada.

La charlatanería sólo daña
a nuestros oídos. ¿Qué es la vida
si no se puede oír el grito solitario
del pájaro chotacabras,
o el croar de las ranas
en el lago al anochecer?
Yo soy un Piel Roja
y no entiendo esto.

El indio puede sentir el suave susurro
del viento, que sopla
sobre la superficie del lago,
y el soplo del viento limpio
por la lluvia matinal,
o cargado de la fragancia
de los pinos.

El aire es de gran valor
para el Piel Roja,
pues todas las cosas
participan del mismo aliento:
el animal, el árbol, el hombre,
todos participan del mismo aliento.

El hombre blanco parece
no considerar el aire que respira;
a semejanza de un hombre
que está muerto
desde hace varios días
y está embotado contra el hedor.

Pero si os vendemos
nuestra Tierra no olvidéis
que tenemos el aire en gran valor;
que el aire comparte su espíritu
con la vida entera. El viento dio
a nuestros padres el primer aliento,
y recibe el último hálito.
Y el viento también insuflará
a nuestros hijos la vida.

Y si os vendiéramos nuestra Tierra,
tendríais que cuidarla como un tesoro,
como un lugar donde también
el hombre blanco sepa que el viento
sopla suavemente sobre
las flores de la pradera.

Yo soy un salvaje,
y es así como entiendo las cosas.
He visto mil bisontes
putrefactos, abandonados
por el hombre blanco.
Los mataron desde un convoy que pasaba.

Yo soy un salvaje
y no puedo comprender
cómo el caballo de hierro
que echa humo, es más poderoso
que el búfalo,
al que sólo matamos
para conservar la vida.

¿Qué es el hombre sin animales?
Si todos los animales desapareciesen
el hombre también moriría,
por la gran soledad de su espíritu.

Lo que les suceda a los animales,
luego, también les sucede a los hombres.
Todas las cosas están
estrechamente unidas.

Lo que le acaece a la Tierra
también les acaece a los
hijos de la Tierra.
Tenéis que enseñar a vuestros hijos
que el suelo que está bajo sus pies
tiene las cenizas de nuestros antepasados.

Para que respeten la Tierra,
contadles que la Tierra contiene
las almas de nuestros antepasados.
Enseñad a vuestros hijos lo que
nosotros enseñamos a los nuestros:
que la Tierra es nuestra madre.

Lo que le acaece a la Tierra,
les acaece también a los hijos de la Tierra.
Cuando los hombres escupen a la Tierra,
se están escupiendo a sí mismos.
Pues nosotros sabemos que la Tierra
no pertenece a los hombres,
que el hombre pertenece a la Tierra.
Eso lo sabemos muy bien,
Todo está unido entre sí,
como la sangre que une
a una misma familia.
Todo está unido.

Lo que le acaece a la Tierra
les acaece, también,
a los hijos de la Tierra.

El hombre no creó el tejido de la vida,
sólo es una hilacha.
Lo que hagáis a este tejido,
os lo hacéis a vosotros mismos.
No, el día y la noche
no pueden vivir juntos.

Nuestros muertos siguen viviendo
en los dulces ríos de la Tierra,
y regresan de nuevo con el suave
paso de la Primavera,
y su alma va con el viento,
que sopla rizando
la superficie del lago.

Consideramos la posibilidad
de que el hombre blanco
nos compre nuestra Tierra.

Pero mi pueblo pregunta:
¿Qué es lo que quiere el hombre blanco?
¿Cómo se puede comprar el Cielo,
o el calor de la Tierra,
o la velocidad del antílope?
¿Cómo vamos a venderos esas cosas
y cómo vais a poder comprarlas?
Es que, acaso, ¿podréis hacer
con la Tierra lo que queráis,
sólo porque un Piel Roja
firme un pedazo de papel
y se lo dé al hombre blanco?

Si nosotros no poseemos
el frescor del aire,
ni el brillo del agua,
¿cómo vais a poder comprárnoslo?

Es que, acaso, ¿podéis comprar
los búfalos
cuando ya habéis matado
al último?

Consideraremos vuestra oferta.
Sabemos que si no os la vendemos
vendrá el hombre blanco
y se apoderará de nuestra Tierra.
Pero nosotros somos unos salvajes.

El hombre blanco
que va en pos de la posesión del poder,
ya se cree que es Dios,
al que le pertenece la Tierra.
¿Cómo puede un hombre
apoderarse de su madre?

Consideraremos vuestra oferta
de comprar nuestra Tierra.
El día y la noche
no pueden vivir juntos.

Consideraremos vuestra oferta
de que vayamos a una reserva.
Queremos vivir aparte y en paz.
No importa dónde pasemos el resto
de nuestros días.
Nuestros hijos verán
a sus padres sumisos y vencidos.
Nuestros guerreros estarán avergonzados.

Después de la derrota
pasarán sus días en la holganza,
y envenenarán sus cuerpos
con dulces comidas y dulces bebidas.

No importa dónde pasemos
el resto de nuestros días.
No quedan ya muchos.
Sólo algunas horas,
un par de inviernos,
y no quedará ningún hijo
de la gran estirpe
que en otros tiempos vivió en esta Tierra,
y que ahora en pequeños grupos
viven dispersos por el bosque,
para gemir sobre las tumbas
de su pueblo, que en otros tiempos
fue tan poderoso y lleno
de esperanza como el vuestro.

Pero, ¿por qué consternarse
por la desaparición de un pueblo?
Los pueblos están constituidos
por hombres. Es así.
Los hombres aparecen y desaparecen
como las olas del mar.
Ni siquiera el hombre blanco,
cuyo Dios camina a su lado,
y habla con él,
como el amigo con el amigo,
puede librarse del común destino.
Quizá seamos hermanos.
Esperamos verlo.

Sólo sabemos una cosa
-que quizá un día el hombre blanco
también descubra-,
y es que nuestro Dios,
es el mismo Dios suyo,
Vosotros, quizá, penséis que le poseéis
-igual que tratáis de poseer nuestra Tierra-,
pero no podéis.
Es el Dios de todos los hombres,
lo mismo de los Pieles Rojas
que de los blancos.
Aprecia mucho esta Tierra
y el que atente contra ella
significa que desprecia a su Creador.

También los blancos desaparecerán,
y quizá antes que otras estirpes.

Continuad contaminando vuestro lecho
y una noche moriréis
en vuestra propia caída.
Pero al desaparecer
brillaréis por el fuego del poderoso Dios,
que os trajo a esta Tierra,
y que os destinó a dominar
al Piel Roja en esta Tierra.

Este destino es para nosotros
un enigma. Cuando todos los búfalos
hayan muerto,
los caballos salvajes hayan sido domados,
y el rincón más secreto del bosque
haya sido invadido
por el ruido de muchos hombres,
y la visión de las colinas
esté manchada por los alambres parlantes,
cuando desaparezca la espesura,
y el águila se haya ido,
esto significará decir adiós
al veloz potro y a la caza.

El final de la vida -y el comienzo
de la otra vida. Dios os concedió
el dominio sobre estos animales,
los bosques y los Pieles Rojas
por un determinado motivo.
Y ese motivo es un enigma
para nosotros.

Quizá podríamos comprenderlo
si supiésemos qué es lo que sueña
el hombre blanco,
qué ideales ofrece
a los hijos en las largas noches invernales,
y qué visiones arden
en su imaginación,
hacia las que tienden
el día de mañana.

Pero nosotros somos salvajes,
los sueños del hombre blanco
nos están ocultos,
y porque nos están ocultos
nosotros vamos a seguir
nuestro propio camino.

Pues, ante todo, nosotros
estimamos el derecho
que tiene cada ser humano
a vivir tal como desea,
aunque sea de modo muy diverso
al de sus hermanos.
No es mucho lo que nos une.

Consideraremos vuestra oferta.
Si aceptamos es sólo por asegurarnos
la reserva que habéis prometido.
Quizá allí podamos acabar
los pocos días que nos quedan
viviendo a vuestra manera.

Cuando el último Piel Roja
de esta Tierra desaparezca
y su recuerdo sea solamente
la sombra de una nube
sobre la pradera,
todavía estará vivo
el espíritu de mis antepasados
en estas orillas y estos bosques.

Pues ellos amaban esta Tierra,
como ama el recién nacido
el latido del corazón de su madre.

Si os llegáramos a vender
nuestra Tierra, amadla,
como nosotros la hemos amado.

Cuidad de ella,
como nosotros la cuidamos,
y conservad el recuerdo
de esta Tierra
tal como os la entregamos.

Y con todas vuestras fuerzas,
vuestro espíritu y vuestro corazón,
conservadla para vuestros hijos,
y amadla,
tal como Dios nos ama a todos.
Pues hay algo que sabemos,
que Dios es el mismo Dios.

Esta Tierra es sagrada para Él.
Ni siquiera el hombre blanco
se puede librar del destino común.

Quizá somos hermanos.
Esperamos verlo.

____________________________________________

Sin embargo se ha puesto en entredicho si realmente el jefe escribió esta carta tal como la conocemos, es decir, las distintas versiones interpretan el texto de Seattle de una forma u otra, lo que sí se sabe que Seattle fue un jefe muy elocuente, por tanto mientras los historiadores/as siguen con la controversia os pongo las versiones de esta carta o discurso:

- Versión de Arrowsmith. http://www.jmarcano.com/varios/seattle/seattle2.html

-Versión de Smith. http://www.jmarcano.com/varios/seattle/seattle1.html

- Versión de Perry. http://www.jmarcano.com/varios/seattle/seattle3.html


Ahí queda la información que tengo al respecto, a partir de aquí que cada uno/a tome sus propias conclusiones.

Un abrazo,
Viatger.

2 comentarios:

Montse dijo...

¡Me ha gustado muchísimo!

Como no vamos a cuestionar si el texto es éste o no, así que agradezco tu propuesta y te dejo mi conclusión:

Me quedo con la frase...
"Yo soy un salvaje,
y es así como entiendo las cosas"

Quizá deberíamos empezar a entender la vida de una forma más salvaje.

Un saludo.

Viatger dijo...

Esta carta me la regalaron en un con libro de cuentos de los indios Sioux y al leerlos te das cuenta de la filosofía de aquellas tribus respecto a la naturaleza.

A mí la frase que me encanta es "Somos una parte de la Tierra"

Saludos,
Viatger.